Las luces se encendieron, las aeromozas anunciaban que estábamos llegando. Hubiese preferido haber sido despertada después de haber aterrizado. No era que el aterrizaje me diera miedo, pero yo siempre había sufrido de mareos; y el momento en que las ruedas del avión tocaban la pista, mi estomago se revolvía a pesar de los medicamentos consumidos para evitar tal efecto.
Y sucedió… aterrizamos. Por suerte las pastillas hicieron efecto, y cuando me baje del avión me sentía bien. Un poco pálida tal vez, pero nada que asustara.
Al cruzar la puerta del avión, la aeromoza me dedico, con una enorme sonrisa, un “Welcome to London”. Ya me encontraba oficialmente en el punto de llegada de mi ruta de escape. Busque mis valijas. Por suerte estaban allí, esperándome. Quizás también ansiosas por sentir el aire londinense.
La gente iba y venia igual que en Argentina; solo que aquí la mayoría hablaba otro idioma, y entre ellos parecían tratarse con tanta educación.
Una vez con mis valijas en mano, busque la salida, sintiendo sudor en mi cara. Oh, cierto, aquí era verano aun, y yo traía puesto un pullover. Me lo quite, y lo puse dentro de mi bolso. Al llegar a una inmensa entrada, vi por primera vez el sol.
Afuera había una cola de taxis. Un hombre me indico que me subiera a uno. Le agradecí con una sonrisa, mientras me ayudaba a meter mis valijas en el baúl del coche. Como se notaba la diferencia.
Una vez dentro del coche, el taxista me pregunto a donde me dirigía. Saque el papel donde tenia anotada la dirección de la casa donde iba a hospedarme hasta finalizar el curso. Se lo dije de la mejor manera que pude, y me acomodé para disfrutar el viaje.
Todo a mí alrededor era nuevo. Mi cara embobada no lograba cerrar la boca, que se mantuvo abierta después de cansarse de cerrarse y abrirse cada vez que emitía una admiración por algún sitio o cosa que me llamara la atención. También podían asimilar mi estupidez a un simple efecto colateral de las cuatro pastillas que me había tomado ese día para sobrevivir a los mareos.
El viaje me resulto corto. En lo que a mi me parecieron cinco minutos, ya habíamos llegado.
-Ya llegamos señorita- Me dijo sonriendo y mostrándome con un gesto de su cabeza la casa que yo habitaría – ¿Usted es estudiante, no es cierto?- Me pregunto cortésmente al verificar que se trataba de una de esas casas para estudiantes extranjeros.
-Si. Vengo a hacer un curso. Le respondí alegremente. Había entablado mi primera conversación. Patética, pero la primera al fin y al cabo.
-¡Buena suerte!- Me dijo con mucho entusiasmo, mientras bajaba mis maletas, y yo le pagaba.
El ruido del taxi, y mis valijas, había alertado a la dueña de la casa de mi llegada. Salió y me saludó.
-Buenos días. Los otros inquilinos han arribado hace dos días. Tu has sido la última en llegar; pero han estado impasientes por conocerte. - Me dijo informándome de la situación, y con un gesto alegre me señalo la casa, invitándome a pasar.
Una vez adentro, me mostro el lugar. Teníamos una habitación para cada uno. Cada una comprendía de una cama, un ropero, un escritorio, y un baño con ducha. Lo único que compartíamos era la entrada y el comedor.
Salude a mis otros compañeros. Dos hombres y una mujer. La chica, Sofía, era española (ventaja: mujer y hablaba mi idioma). Uno de los chicos era un alemán, rubio. Se llamaba Peter. El otro, un norteamericano de color, que se llamaba Troy. Me dio un abrazo de oso que casi me asfixia. Reí internamente, pues se parecía a Emmet, el vampiro de Crepúsculo. Me dejaron acomodarme y me informaron que esa noche comeríamos afuera, para conocernos mejor.
Una vez en mi habitación, comprobé que realmente me gustaba. Probé la cama… y tenia colchón con resortes… eso no me lo esperaba. Sin desarmar aun las valijas, llame a mi madre. Obviamente atendió histérica. Me había retrasado más de dos horas en hablarle. Por suerte, pude colgar pronto. Luego, mande mensajes de texto a mis amigos. Recordé que debía hacerme un tiempo y conseguir un celular o un chip de aquí.
Volví a mirar alrededor, y me convencí de empezar a desempacar. El ropero era bastante amplio, el cual podría llenar con nuevas adquisiciones londinenses. El escritorio estaba colocado frente a una ventana que daba a la calle. Me encanto la vista, y agradecí la presencia de cortinas que me permitirían concentrarme mas en mis horas de estudio.
lunes, 26 de abril de 2010
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