Esos meses mi consumo telefónico fue terrible. Telefónica se hizo millonaria a mis expensas… bueno, quizás exagere. Las llamadas a Londres eran caras, pero era la mejor forma de inscribirse y obtener beneficios. Y los obtuve. Conseguí beca completa, no debía pagar
Comenté las buenas noticias a mi familia y amigos. Mis padres, especialmente mi madre, no estaban seguros de la decisión. Pero yo con mis casi 27 años no me iba a dejar limitar por mis padres. Ellos tenían miedo de que yo estuviera sola a kilómetros de distancia. Tenían razón en preocuparse, y eso que ellos desconocían mi intento de suicidio de unos meses atrás. Logre que mi madre cediera un poco, haciéndole ver que ella siempre había querido que viajara a Europa.
Mi mejor amiga, mi hermana del alma, Roció; lo entendió al toque. Inclusive se ofreció a darme dinero. Lo rechacé, aunque le dije que si mientras estuviera allá lo necesitaba, le avisaría. Me miro fijo. Ella sabía perfectamente que jamás se lo aceptaría.
Por ultimo, practique diariamente mi dicción; procure hablar lo mejor posible el inglés, busque aprender nuevas palabras y frases; y sobretodo, entender lo esencial del ingles jurídico al cual iba a enfrentarme. Me compre un software que prometía ser el mejor traductor del momento.
Fui armando mi bolso. Partía en dos días. Recién comenzaba agosto. Y para cuando llegara allá, tenia unos cinco días libres antes de comenzar oficialmente las clases. Debía llevar ropa liviana y de abrigo, pues llegaría allá terminando el verano, y estaría hasta comienzo de la primavera, según mis cálculos; y en el medio, el crudo invierno ingles. Así que fui haciendo selección de remeras, camperas, camisas, sacos, pantalones, piyamas, botas, zapatos, zapatillas. Lo más difícil fue elegir entre mis sombreros y mis bufandas. Los amaba a todos. Así que deje eso para el final, así iría poniendo dentro del bolso de acuerdo al lugar que me quedaba. Por suerte entraron la mayoría.
Lleve también una cartuchera con CDs. Tenía fotos, libros y películas, todo lo que necesitaría una vez atravesado “el charco”. Busque el ticket y el pasaporte. Arme mi bolso personal. Allí coloque mi notebook, mi celular y el resto de los documentos.
Ya tenía todo listo. Llame a mis amigas más lejanas para despedirme. Con Rocío cenaría esa noche, y con mi familia el día siguiente antes de irme al aeropuerto.
También hable con mis socias y amigas. Yo tenia un estudio jurídico, buffet; pero ya no había podido seguir ejerciendo mas en la practica, como solía hacerlo. Mi último caso fue traumático, y no solo término muy mal, sino que también fue la gota que rebasó el vaso en la relación con mi ex. A partir de allí me había dedicado a hacer los escritos, trabajo de oficina, y ayudarlas a darle sentido a las cuestiones que nos llegaban para resolver.
Cuando les comente de mi decisión, y les pedí licencia, ellas no se opusieron, sino que me alentaron a que me despejara, para que cuando volviera estuviera fresca para empezar de nuevo.
La cena y almuerzo planificados con mi amiga y familia, obviamente, transcurrieron entre sollozos y abrazos. Prometí cuidarme unas mil veces. Hoy, 5 de agosto de 2014, partía hacia Londres. El taxi paso a recogerme a las 15hs. Después de tres horas de viaje, llegamos a Ezeiza (el aeropuerto argentino).
El aeropuerto era gigante. Aunque había estado allí varias veces; esta vez me llamo la atención como nunca lo había hecho antes. La gente yendo y viniendo, los aviones entrando y saliendo. Seguí caminando hasta encontrarme con el gran letrero que anunciaba los vuelos.
Mi vuelo salía a las 22pm de aquí, y llegaría a eso de las 6am de allá. Había cuatro horas de diferencia a las que iba a tener que acostumbrarme; además de todo lo demás, por supuesto.
Me ficharon. Me revisaron. Incluso estuve tentada de gritar “¡bomba!”. ¿De donde me salía esa rebeldía? Pero no lo hice. No por miedo a las consecuencias que ello acarrearía, sino porque no iba a poder volar hacia mi tierra de la salvación. Bueno… otra vez exagere.
Ya dentro del avión me invadió una enorme excitación. Ya no había dudas… salvo que el avión cayera antes de llegar a Inglaterra, en 12 horas estaría en Londres. Sacudí mi cabeza y quite de mi mente la primera parte del pensamiento.
Mire alrededor. Tercera clase. Se sentía cómodo. Ningún bebe lloraba. Nadie ocupaba los asientos continuos a los míos. Ya todo comenzaba a ser perfecto.

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